Podría ser cualquier lugar

Bruselas, tácticas para viajeros.

En un primer momento, parece que la suerte me viene de cara. Mi asiento en el autobús está junto al de una chavalita muy mona cuyo cuerpecito no invadirá mi espacio. El viaje se plantea cómodo.

Pero a los pocos minutos de salir a carretera me entran repentinamente unas ganas enormes de hacer pis. El trayecto dura dos horas y no hace paradas. La mera noción de tener que aguantar tanto tiempo es casi peor que la propia presión en la vejiga. Tengo que pensar en una solución.

Casi de inmediato se me ocurre una idea que, no sé por qué motivo, tenía relacionada en mi cabeza. Parto de la razonable hipótesis, -razonable para mí, claro, aunque reconozco que puede no parecérselo a nadie más- de que, cuando uno tiene mucha sed, no tiene nunca ganas orinar. Como si un equilibrio entre los niveles de agua en uno u otro sitio tuviera que estar garantizado por naturaleza. Sí, es absurdo. Pero me agarraría a cualquier cosa. Así que mi objetivo es claro: tengo que provocarme la sed.

La primera posibilidad en la que pienso, claro, es la de comer algo salado. Pero no tengo snacks, ni frutos secos, ni mucho menos un salero. Pienso en pedirle sal a mi compañera de asiento y acto seguido me imagino a mí mismo lamiéndola de su mano como un reno. Me da un poco la risa, lo cual me provoca a su vez más ganas de mear. Me quejo. Y debo estar dando pena porque mi compañera se ha fijado y me mira de reojo.

Descartada la sal, la otra opción es, sencillamente, perder agua. Tengo aprendido de playas y excursiones que, cerrando la boca, se pierde menos humedad y se aguanta mejor la sed. Luego, lógicamente, abriéndola debería conseguir el efecto contrario. Lo hago sin dudarlo y dejo pasar los minutos.

Seguramente no parezca el tío más listo del autobús precisamente, ahí sentado, con la boca abierta. Pero no me importa, yo sé que mi cabeza sigue ahí, implacable, tratando de encontrar una manera de acelerar el proceso.

Tiro de lo que aprendí de física en su día, y en las condiciones que favorecen la evaporación: aumentar la temperatura, la sequedad ambiental, las corrientes de aire o el área expuesta. Sobre los dos primeros no es posible hacer gran cosa, pero sí con los últimos. Decido que si saco la lengua tanto como puedo y respiro por la boca perderé agua rapidísimo, me vendrá por fin la sed y se me calmarán las ganas de mear. Con lo que aprieta la vejiga, ni me lo planteo. Debo de dar una imagen bastante cómica, ahí con la lengua fuera; pero contento, porque estoy convencido de que tengo el problema ya casi resuelto. Sólo queda esperar.

Entonces advierto que se me ha pasado lo más básico. Cuanta menos presión tenga en el abdomen, mejor que mejor. Así que discretamente me suelto el cinturón y los botones de la bragueta. Discretamente es un decir, porque en ese momento me doy cuenta de que mi compañera me mira ya directamente, visiblemente extrañada. En un desesperado intento por explicarle lo que pasa en tres palabras le digo, sin recoger la lengua siquiera: “Ehs que thengo ghanash de hacer piz”.

Ella debe de entender perfectamente mi problema porque, de inmediato, asiente con la cabeza y se cambia de sitio.


7 comentarios en “Podría ser cualquier lugar

    1. No había oído lo de Twain, al menos de esa forma. Pero estoy pensado que tendría cierto sentido, incluso biológico. Seguramente, el cuerpo empiece a segregar endorfinas a chorro y la cabeza te duela menos… Eso sí, mejor que haga otro la prueba. Yo tiraré de ibuprofeno. ;)

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