Podría ser cualquier lugar

Bruselas, Martin.

Al terminar la escena, me siento delante del ordenador a escribir un correo a una de esas personas que está siempre cercana.

“Estaba antes en salón, queriendo querer escribir, cuando he oido un ruido. Casi me muero del susto al ver a un tipo en la cocina.

Era un amigo de Katharina. Llegó hace dos semanas. Venía a Bélgica para un retiro de meditación que duraba, según sus propias palabras, nueve días más uno. Hablamos poco entonces, pero nos caimos bien. Le dije que cuando volviera me gustaría charlar con él. Interrogarlo antes de que al día siguiente coja su tren de vuelta a Austria.

El caso es que ahí estábamos los dos. Nadie más en casa. Le he dicho que no tenía nada que hacer. Y él me ha dicho que era lo lógico. Que estaba esperándole. Me he reído.

El tio transpiraba verdadera paz. Creo que no he conocido nunca alguien así. Lo más parecido a uno de esos “iluminados” sobre los que escriben DeMello o Salinger.

La espiritualidad oriental ha llegado como todo lo demás, como un negocio, por lo que normalmente desconfío de la gente viste túnicas coloreadas, utiliza metáforas de origen hinduista y, en especial, de los que levitan.

Pero este tipo me ha dado un rollo muy distinto desde el primer momento. Todo parece absolutamente auténtico en él.

Martin, se llama.

Le ha tomado mucho tiempo responder a mis preguntas. Interiorizaba cada una de ellas, intentando ser lo más preciso posible. No sólo en cuanto al inglés, que habla muy correctamente. El problema era la palabra misma. Se hacía evidente que el lenguaje era una herramienta que se le quedaba muy corta.

A menudo, -lo he ido sabiendo conforme avanzaba la conversación- palabras que parecían casuales acababan revelándose claves para el resto de su discurso.

En cuanto ha empezado a citar a algún autor, le he dado un papel y un boli y le he pedido que me lo anotara.

La conversación habrá durado como dos o tres horas. Nos interrogábamos mutuamente (aunque sin duda yo a él más que él a mí). Me ha hablado de su pattern***. La mejor manera que se me ocurre de describirlo, si lo he entendido bien, es matemática. Una especie de modelo fractal que es capaz de reconocer en cada una de las estructuras de su vida. Todos los procesos, todos los ciclos que vivencia, desde los más cortos e intrascendentes, hasta la superestructura de su vida, se rigen por ese patrón. O así lo siente él.

Una pauta basada en el número tres. Tres fases. Una de crecimiento, una de ruptura y una de renacimiento.

También me ha hablado de su sensibilidad, limitada pero creciente, para entender el lenguaje de su físico. Las vibraciones o pulsiones que siente. Lo que se escucha, si hace el esfuerzo suficiente, cuando una persona pronuncia su propio nombre. Por ese motivo ha decidido seguir espiritualmente “el camino del cuerpo” . La verdad es que se le ve muy en forma.

Le he dicho que mi novia empezaría preguntándole de qué vive. Si es capaz de compatibilizar ese camino espiritual con un trabajo que le permita vivir a él y a su familia. Se ha sabido defender.

Dominaba la terminología budista, pero también es psicólogo y antropólogo. Será padre en abril.

Ha seguido apuntando nombres de autores en la hoja.

En un momento dado, no sé qué le acababa de contar yo, me ha mirado muy fijo, medio sonriente, y me ha dicho “tal vez podríamos trabajar juntos”. Yo le he dicho que por supuesto, y que me diera su mail. Pero eso no lo ha apuntado en la lista de autores.

Le he enseñado como juego con el kit de poesía magnética que me regaló Belén. Dejando que el azar me guíe entre las palabras. Él me ha hablado de lo mucho que le está costando aprender a amar.

En un momento dado he insistido en que me escribiera su mail. Ha empezado a dar vueltas por la habitación buscando algo, decía que había algo que no funcionaba en ese cuarto. He salido al baño. Ha llegado mi compañero de piso.

Cuando he vuelto él ya se había hecho la mochila. Me ha dicho que no sería “astusto” por su parte trabajar conmigo por el momento.

Le he preguntado donde estaba la hoja con los autores. La tenía en la mochila. Ha dudado en dármela. Me ha mirado a los ojos. Me ha dicho que soy una persona muy interesante, pero que juego demasiado. Que necesito aprender a amar y que entonces lo veré todo más claro. Ha metido la hoja en la mochila. Me ha deseado suerte en mi camino y me ha dado un abrazo.

…lo verdad es que todavía estoy temblando un poco”.

Al día siguiente me llama Katharina. Me pregunta si noté en él comportamientos extraños. La pregunta es muy difícil de responder acerca de alguien tan inusual. Pero respondo que sólo al final de la tarde. Cuando se marchó de esa manera apresurada. Entonces me cuenta lo que ha ocurrido.

Martin no ha llegado a coger el tren que lo iba a devolver a Austria.

A las tres y cincuenta y siete minutos de la madrugada, cuando faltaban tres minutos para que fueran las cuatro, esto es, para que dejaran de ser las tres, Martin sintió pánico. Convencido como estaba de que esa era la hora en la que comenzaría la demoledora segunda etapa de su pattern, saltó por la ventana de casa de Wim –un primero de chalet- y se lanzó a correr por una ciudad que no conocía.

Estuvo corriendo, solo, durante las cinco horas que le quedaban a la noche. Hasta que consiguió volver a casa, donde lo esperaban una Katharina y un Wim totalmente consternados. Lo que Martin no sabía era que, escapando de su miedo, estaba inaugurando su “fase de ruptura” en forma de crisis psicótica.

———

*** Patrón, en el sentido de “pauta”.

7 comentarios en “Podría ser cualquier lugar

    1. No había oído lo de Twain, al menos de esa forma. Pero estoy pensado que tendría cierto sentido, incluso biológico. Seguramente, el cuerpo empiece a segregar endorfinas a chorro y la cabeza te duela menos… Eso sí, mejor que haga otro la prueba. Yo tiraré de ibuprofeno. ;)

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