Familias


Capítulo +3


Después de la bronca con Verónica no he conseguido dormir. Y eso que en su día tuve la prudencia de comprar un sofá bien cómodo. Pero me ha desvelado toda una memoria de sensaciones. De cosas antiguas que se me remueven.

Al llegar al curro esta mañana, le he dicho a Trujillo que necesitaba documentarme para un artículo. ”Ya sabes, por todo esto de que vamos a entrar en la OTAN”. Él me ha dicho “desde luego”. Es demasiado buen tio este Trujillo, no sabe ocultar las cosas. Y cuando ya estaba saliendo por la puerta me ha advertido “Formosa vendrá a mediodía. Estate aquí para entonces, ¿vale?”. Le he dado las gracias y he salido hacia la hemeroteca de Alcalá.

Buscar entre los periódicos viejos resulta inquietante. Supone sumergirse con demasiado detalle en la memoria colectiva, o social, o de comunidad, si se prefiere. Y es que esa memoria, al igual que la de cada persona, día a día se va modificando y reescribiendo. Va acomodando lo ocurrido al momento en que se vive. Resaltando lo que se quiere recordar, recreando sólo lo adecuado, se conforma un pasado concreto. Un pasado elegido de entre todos los posibles pasados o de ninguno.

Pero es inquietante, digo, porque también en estas profundidades se esconden criaturas abisales. Viven en silencio. Pueden permanecer ocultas el tiempo que haga falta, sin que jamás tengamos conciencia de ellas. Pero si uno se pone la escafandra y se aventura a bajar, entonces corre el riesgo de encontrarse con alguna.  Criaturas que cuestionan con sus formas monstruosas cuanto creíamos saber. Destrozando a mordiscos nuestro pasado elegido.

Y yo acabo de encontrarme con la mía propia. Me mira desde una publicación de la Cruz Roja con sus ojos sin párpados y sus dientes de aguja. Una foto de dos refugiados. Una mujer y niño que no es ningún bebé, debe tener unos cuatro años. La firma un tal Jerry Harman de la Army Corps. Y por unos segundos, me flaquean las piernas.

Con el pulso acelerado y la revista quemándome la piel bajo la camisa, salgo de la biblioteca. Por suerte nadie se da cuenta, y me meto en el coche para salir disparado de allí.

La lluvia, el imbécil de Formosa, incluso el volante entre mis manos, todo tiene poco de real mientras los recuerdos se me agolpan. Pero el puzzle está aún muy incompleto, y necesito acabarlo. Entenderlo todo, y sacar de una vez toda esta mala hostia.

Teresa abre la puerta asustada por mis golpes.

-¿Qué te pasa cariño?

-Al salón.

-¿Pero que te pasa?

-Sienta.

-¿A que viene todo esto?

-Cuéntame otra vez, con todos los detalles, qué ocurrió exactamente cuando escapamos de Manila.

-Si ya lo sabes todo, hijo.

-Pero quiero que me lo cuentes otra vez, Teresa. –Ella me mira como a un desconocido y parece que va a decir algo. No le doy la opción- Y ten en cuenta una cosa. Ten en cuenta que a veces los niños recuerdan incluso lo que no comprenden. Y que lo pueden guardar hasta que llega el momento de entenderlo y de actuar en consecuencia.

– Si no tengo ningún problema. Te lo contaré exactamente tal y como lo recuerdo. ¿De acuerdo? Pero tranquilízate, hijo.

-No te interrumpiré.

Entonces ella agacha la cabeza, se acaricia le cicatriz de la mano derecha y empieza a hablar.

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