Familias


Capítulo -1

Hasta que por fin empezó a clarear, y escuché el ruido de los tanques.

Tú dormías aún contra mi pecho.

(Sí… lo recuerdo ahora. Tu cuerpo, que me tuvo protegido del frío y la humedad).

Yo estaba agotada y me dolía todo. No conseguía pensar en nada, como cuando se tiene calentura. Una vez tras otra, le preguntaba a Nuestro Señor Jesucristo qué podíamos hacer. Una vez tras otra. Porque yo en el fondo sabía que nos iba salvar, que no permitiría que nuestra familia entera desapareciera así.

(Sobre todo poque tu serías capaz de arreglar el mundo allí  donde tu dios no fuera generoso o competente…)

Y así fue. Entre el ruido de los tanques, escuché la voz de Amihan diciéndome: “Te he tendido esta cuerda, agárrala”.

(Sin embargo, tú no tenías forma de saber quién había fuera…)

Te dejé en el suelo, sentadito de cara a la pared, para que no vieras nada.

(Repetías constantemente que te debía obedecer, que me estuviera quieto, que no mirara, que no hablara).

E intenté levantarme. Tenía todo el cuerpo entumecido, una sed tremenda, y se me estaba poniendo fea la herida de la mano. Recuerdo que hasta me mareé un poco al verla, no te digo más.

(Yo no te obedecía. De hecho recuerdo mirarte. Ver cómo te santiguabas, una vez tras otra, una vez tras otra, conjurándote la buena suerte antes de salir).

Intenté trepar por aquella pared que era como de arcilla. Pero no había manera. No encontraba donde apoyarme. Me resbalaba. Y como además sólo podía usar la mano izquierda, empecé a creer que no lo conseguiría.

(Sólo esa vez te he oído blasfemar).

Y si no hubieses estado tú allí, no hubiera podido. Tú me diste el motivo para hacerlo.

(…y sé que eres sincera, madre).

Estirándome entera, apenas alcanzaba a asomar las manos. Necesitaba apoyarme en algo. Así que recurrí… a lo único a lo que podía recurrir.

(Yo todavía te miraba…)

Que el Señor interceda en mi nombre cuando Hukluban me pida cuentas por aquello.

(…pero cuando te vi arrastrarlos, apilarlos… me aterroricé. Me aterrorizaste. Hundí la cabeza entre los brazos y hubiera querido no sacarla más).

¿Pero qué podía hacer si no?

(Nadie te culpa).

El caso es que iba a salir, pero entonces pensé “Teresa, y una vez arriba ¿cómo sacas al crío?” Más vale que me di cuenta a tiempo. Se me ocurrió atar varias de las cuerdas para hacer una larga y tirar de ti. Menudas náuseas pasé mientras rebuscaba. Pero tuve suerte y encontré pronto tres o cuatro en buen estado. Las até entre ellas y después amarré un cabo a tu cintura y el otro a la mía. Así, con  nudos en la cintura.

(…en el ombligo).

Y me puse a trepar. Y esta vez sí. Gracias a… los apoyos, conseguí hincar los codos fuera. Un último impulso

(…que sonó como un crujido blando).

y saqué un pie. Después la rodilla. Y estaba fuera. No me lo podía creer. Estaba fuera. Tomé aire. Aire limpio.

Miré a mi alrededor y me hice una idea de dónde estábamos. Por donde la estación, a la otra orilla del Pasig. Y el ruido no era sólo de tanques. Había un convoy entero en marcha.

(Ahí sí que debiste respirar. Cuando viste que las banderas no eran imperiales).

Me volví en seguida hacia la fosa.

Te vi al fondo, encogidito y temblando, pobre. Di unos cuantos meneos a la cuerda para que te agarraras.

Me faltaban fuerzas y me sobraban dolores para sacarte de allí a pulso. Así que me tumbé, separé bien las piernas y clavé los talones en la tierra. Empecé a tirar de la cuerda con el brazo bueno, a enrollarla en el inútil.

(…que ahora se me antoja crispado de dolor, marcando cada hueso…)

Hasta que asomó tu cabecita. Estabas pálido, pálido, y muy sucio. Saqué fuerzas no sé ni de donde para cargarte en brazos

(…como lo hubieras hecho con un bebé).

y llevarte hasta el camino.

Yo les llamaba a gritos, pero nadie me oía. Qué rabia me daba. A María Makiling le reproché “¿Cómo puedes estar dando la espalda a un niño?”. ¿Y sabes qué hizo ella? Hizo asomarse a uno de los soldados de su tanque. Un hombre que nos hacía gestos con la mano, señalando un camión de la Cruz Roja que venía tras ellos.

Cuando llegamos, un soldado muy joven, un chavalillo en realidad, nos ayudo a subir en él. Nos dieron una lata de agua, que te juro que en la vida me ha sabido más buena. Y nos taparon con una manta seca y limpia.

(Eso lo sé yo mejor que tú. La lata era como de litro, dos pintas seguramente, y tenía el sello de la marina, estadounidense. La manta era a cuadros escoceses y con flecos).

Me dijeron muchas cosas, pero hasta entonces yo siempre me había negado a hablar inglés. Repetían lo mismo más despacio y más alto, haciendo gestos. Al final señalé al foso, y un motorista salió hacia allí.

Luego llamaron a una enfermera tisoy.

(Era muy guapa. Tenía una sonrisa enorme, y le faltaban el primer y el tercer botón de la bata).

Nos sacaron una foto.

(Sí. Jerry Harman de la Army Corps. Pero no la verás nunca).

Mientras me hacían montones de preguntas.

(Ella me pasó la mano por el pelo “¿Y cómo se llama este niño tan guapo?” preguntó).

Con la tisoy haciendo de traductora.

(“Jesús” contestaste tú adelantándote a mi respuesta).

Y fue entonces, cuando ya habíamos pasado lo peor, cuando te echaste a llorar.

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