Psicomagia

Verónica: (Mientras va hacia la puerta, tosiendo un poco más). Menuda peste hemos dejado. ¿Con qué hacen esos lienzos, con azufre?

Verónica abre la puerta. Aparece Nicomedes con un maletín en la mano y vestido de manera un tanto estrambótica. Ropa cara, elegante, de colores muy vivos y combinados para llamar la atención. En el momento de abrirse la puerta está mirándose el reloj. En cuanto ve que le abren se lanza a estrechar la mano de Verónica.

Nico: Buenas noches. Usted debe tratarse sin duda de la encantadora Verónica. Y el caballero, debe de ser el reconocido artista Salvador. Encantado.

Verónica y Salva le miran extrañados. Nico se queda inclinado, con la mano de Verónica aun cogida, esperando que le inviten a entrar. Verónica parece no darse cuenta. Nico hace gestos de asentimiento con la cabeza aún inclinado. Verónica sigue sin entender. Nico, fuerza una sonrisa.

Verónica: Este… Disculpe. Entre, entre, por favor… ¿Señor?…

Nico: (Entrando en la casa) Nicomedes. Nicomedes Samanowsky. Muchas gracias por invitarme al calor de su hogar.

Verónica: Este… ¿de qué va tu chou, tio?

Nico: Oh, sí, antes de nada, ruego disculpen lo abrupto mi intromisión en sus vidas. Si me permiten ahora mismo se lo explico.

Salva: Mejor, sí.

Nico: Verán, pese a lo tardío de la hora, en realidad estoy aquí por motivos estrictamente laborales.

Salva: Joder qué pesaos sois, tío. Ya hemos dicho cuarenta mil veces que no queremos poner ADSL.

Nico: Oh (ríe). No, no, no… está usted en un error. Mis dedicaciones son muy otras que esa. Yo me dedico al campo del estudio del universo, la realidad y el alma.

Verónica: ¡Ay, perdónale a éste! Es un poco bocas, ¿sabes? En cuanto oye un acento sudamericano se pone con lo del ADSL.

Nico: No, no pasa nada. La culpa es mía por entrar tan repentinamente en su hogar y…

Salva: Bueno, ¿entonces a qué vienes, pico de oro?

Nico: Verán, ebtre mis ocupaciones se encuentran el peregrinaje astral, la erotomancia, que no erotourgia (risita estúpida, como si le fueran a entender el chiste) y, principalmente, a la sanación espiritual a través del arcano arte de la psicomagia.

Salva: Aquí no nos van esas películas, ¿sabe?

Verónica: (a Salva, por lo bajo) Cállate, que éste lo mismo nos pone tres velas negras…

Salva: (respondiendo a Verónica en el mismo tono) A mí mientras no me ponga un ADSL… (en alto) Mire, aquí no nos solemos fundir con el cosmos ni movidas de esas raras.

Nico: Oh, no, no, no… Nadie pretende eso.

Salva: Y te lo digo desde ya. Si lo que quieres es timarnos, tampoco tenemos dinero.

Nico: En efecto. Lo sé. De hecho, ése es una de las razones por los que sé que estarán interesados en escuchar la oferta que vengo a proponerles.

Verónica: Déjale hablar al hombre, anda. A ver, ¿y qué quieres, Nicomedes?

Nico: ¿Desea usted la respuesta corta o la larga?

Salva: Mejor empieza por la corta, anda.

Nico: Sencillo. Quiero contratar al caballero, aquí presente para pintar un cuadro.

Verónica: (sonriendo a Salva) ¡Ja! ¡Te lo dije! ¡Se iba a acabar la mala racha!

Salva: (casi para si mismo) Anda que…

Nico: ¿Lo ven? Sabía que les gustaría la idea.

Salva: De acuerdo. Hasta aquí muy bien, pero ¿y la respuesta larga?

Nico: (sonríe) Era de esperar… es usted un hombre sensato. Bien. No quiero engañar a nadie. Resulta que el cuadro que necesito ha de realizarse bajo ciertas condiciones especiales.

Salva: Ahora va cuando la matan, ¿no? Cuenta.

Nico: En primer lugar, ha de ser un cuadro pintado “al dictado”. Tal y como se lo irá describiendo mi paciente, cuando se dé la situación adecuada.

Salva: ¿Ha dicho “al dictado”?

Verónica: ¿Ha dicho “su paciente”?

Nico: En efecto, y, en efecto. Al dictado. Mi paciente. ¡Uno de mis pacientes! (Mirando su reloj). Pero ya llegaremos a eso. La segunda característica es que ha de ser pintado en una sola sesión. El tiempo que se requiera, pero es de trascendental importancia, que se pinte en una sola noche. Concretamente, ésta.

Salva: Eh, eh, eh… Esta noche. Pero bueno, tío, esto es un estudio serio.

Verónica: Ni caso. Mi chico puede con eso y mucho más, ¿a que sí?

Salva: Bueno, bueno, bueno… Más tranquilos. Yo no sé si estoy dispuesto a poner mi firma en un cuadro inacabado, ¡qué digo! En un boceto, hecho de cualquier manera…

Nico: Se me adelanta usted, Salvador. Se me adelanta… Es que esa es la tercera de las condiciones. Tan importante, al menos como las otras dos. Si no más. El cuadro va a ir firmado. Pero no llevará su firma.

Salva: ¿Me lo repita?

Nico: Para que alcanzar el objetivo que nos proponemos es de vital importancia que la firma pertenezca a otra persona.

Salva: Eso sí que no. Por ahí no paso. En la vida. En la puta vida, ¿me entiendes? Jamás he sido el negro de nadie y no voy a empezar a bajarme los pantalones ahora, ¡aunque me lo pida la Ana Rosa!

Verónica: No te pongas así de digno, cariño… Nos lo está pidiendo el doctor…

Salva: ¿Qué va a ser doctor ése? Psicólogos argentinos hay hasta…

Nico: No, no… No soy doctor. Eso es cierto. Ni psicólogo tampoco.

Verónica: (girándose hacia Nico) ¿De cuanta pasta estamos hablando?

Nico: Este… Doce mil euros.

Verónica: Joder. ¡Hecho!

Salva: Ni hablar. Me niego.

Verónica: ¡Salva, cojón! ¿Te das cuenta de que eso es casi mi sueldo de un año? ¡En una noche!

Salva: ¿Y tú te das cuenta de que es mi carrera, la carrera de toda una vida?

Nico: A decir verdad, no sabía hasta qué punto iba esta condición a suponer un problema. Pero créame, en ningún caso pretendo menoscabar su dignidad artística.

Salva: Pues me estás insultando, tío.

Nico: Le garantizo que en absoluto era mi intención. Su reputación es su reputación, por mucho que quedara algo… maltrecha después de aquel desafortunado incidente en la tienda de animales.

Salva: (cargando el puño a la altura de la cintura) ¡Oiga, váyase usted a la mierda! ¿Me entiende?

Verónica: (cogiéndolo de los hombros) Salva, Salva, Salva… Tiene toda la puñetera razón.

Salva: Hay más pintores en el mundo, ¿sabes? Sobra, literalmente, gente capaz tanto de pintar, lo que sea que usted quiera, como de rebajarse de esa manera.

Verónica: Yo misma.

Salva: ¡Vero!

Nico: Muchas gracias, señorita. Créame que aprecio su disposición y su ofrecimiento. De hecho también tengo algo que proponerle a usted. Pero… me temo que no podemos permitirnos que nadie que no sea don Salvador pinte este cuadro.

Salva: Pues vas dao.

Nico: (Mira su reloj y se impacienta) No me entienda mal, caballero. No le pediría algo así si no hubiera una razón de peso. Soy consciente de que las cosas no le han ido viento en popa, precisamente, desde la descorazonadora muerte de su novia y alumna, Silvia, hace tres años…

Salva: ¿Y tú cómo sabes eso?

Verónica: Exnovia y exalumna, ya por entonces…

Nico: Correcto, correcto. Pero, verá, existe una justificación… humanitaria, para que lo haga. Y no me cabe duda de que, una vez usted conozca mis razones, no pondrá ninguna oposición.

Salva: Detrás tienes la puerta.

Verónica: ¿Pero quieres hacer el favor de dejarlo hablar, coño? Que se explique.

Salva: (cruce de miradas entre Salva y Verónica) Habla.

Nico: Tal y como les he dicho, entre mis múltiples oficios y ocupaciones se encuentra la de ofrecer un servicio de sanación espiritual, a través del arte de la psicomagia.

Salva: Así me vas a convencer de puta madre, tío.

Nico: Hace escasas semanas, recibí en mi consulta la visita de una mujer absolutamente desesperada. Un personaje sufriente, doliente, inmensamente herido… que después de años buscando inútilmente consuelo en la religión y la ciencia convencional, tomó la determinación de recurrir a mí.

Salva: Absolutamente desesperada, ya veo.

Nico: Ironiza, señor. Pero ha de saber que conmigo ha experimentado una sorprendente mejora.

Salva: Bien por vosotros.

Verónica intenta apaciguar a Salva con las manos.

Nico: Lo cierto es que ha mejorado hasta tal punto que ha accedido a desembolsar una importante suma de… confianza, para llevar a cabo una terapia psicomágica que yo he diseñado completamente a su medida.

Verónica: ¿Y qué es eso?

Salva: ¿Pues qué va a ser? Un engañabobos.

Nico: Oh, no, no, no… es todo lo contrario. No me extenderé en demasía acerca de los principios de la misma. Para eso ya está la Wikipedia, si lo desean. Pero así, en breve, les diré que es una técnica para sanar el subconsciente…

Salva: ¡No me lo puedo creer! ¿Pero qué le ocurre al mundo? ¡Un argentino psicoanalista! ¡Lo nunca visto! ¡Ya verás como lo siguiente es intentar colarnos un ADSL!

Nico: ¡Oh! No, no, no… ¡Nada más lejos! El enfoque es radicalmente diferente. Como bien sabrán ustedes, el psicoanálisis consiste en verbalizar los conflictos del subconsciente, traerlos al campo de lo racional, de lo consciente, para combatirlos.

Verónica: ¡Que es que pareces tonto, hijo! El psicoanálisis trae los conscientes del subconflicto al… eso, y tal. ¡Si eso lo sabe tol mundo!

Nico: Gracias, señorita. Pero… ya sigo yo. El psicoanálisis comete un error crítico al hacer esto, porque el subconsciente es algo completamente caótico, que sólo entiende el lenguaje de la poesía, de la metáfora, de lo onírico. No se puede racionalizar. Ustedes, como artistas que son, han de entender por fuerza mejor que nadie a lo que me refiero.

Verónica: ¿No vamos a entender? Que usan el lenguaje de los ornitorrincos…

Salva: Mñe… No sé si me convence.

Verónica: Ni caso. Este pinta con vodka “como terapia”.

Nico: Por lo tanto, es necesario que el sujeto sublime sus problemas y sus miedos por medio de actos simbólicos, sensitivos, ¡liberadores! Que se le diga al subconsciente, a través de comportamientos y actos que, tal vez, puedan resultar absurdos para el espectador ajeno, pero nunca para el sujeto, cual es la causa de su dolor. Y le ayuden así a sanarlo.

Verónica: ¿Ves? Lo que te digo yo siempre…

Salva: Tsché… Bueno. ¿Y eso cómo va?

Nico: Depende del sujeto. Pero, en el caso que nos ocupa, caballero, les pido que me ayuden a representar un pequeño teatro, una pequeña farsa, que lleve a esta persona dolida, triste, enajenada, a un estado de mayor conocimiento de sí misma.

Salva: ¿Y para eso tengo que pintar un cuadro?

Nico: En efecto. Llevaremos a cabo un “acto psicomágico”, que pasará porque, en su debido momento, usted pinte un cuadro que sólo tendrá sentido en este contexto y para nada interferirá en su carrera.

Salva: No sé. No me terminas de convencer, tío.

Verónica: Pues a mí me parece guay todo esto…

Nico: Me alegro de que sea así, porque para usted tengo pensada una acción también muy importante. No es complicado, sólo tendrá que hacer lo que le diga en determinados momentos.

Verónica: ¿Y qué es?

Nico: (mirando su reloj en su muñeca) Se lo comunicaré en muy breve.

Salva: Oye… ¿y por qué precisamente yo?

Nico mira su reloj y levanta el índice de la otra mano.

Nico: Eso lo comprenderá usted en, aproximadamente, diez segundos. Nueve, ocho…

Suena el timbre.

Nico: (sonriendo) ¡Cielos! Debo de llevar el reloj retrasado.

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