Observadores

SEGUNDO OBSERVADOR

Si mi mujer no se hubiese quedado embarazada de la manera tan histérica en que lo ha hecho yo hubiese podido fumar dentro de mi cama. De esa manera, no hubiese tenido que salir a la ventana de la cocina de madrugada, y me hubiese ahorrado el ver cómo abajo, en el patio interior, y de un solo golpe, el vecino del primero tumbaba a su mujer.
Ha sido un golpe extraño para un jueves de verano. Muy plástico. Un giro de cadera que se acelea en los hombros y termina estrellando un revés de su antebrazo en el cráneo de ella. Me pregunto si habrá aprendido eso también en el gimnasio, y si le hubiera salido igual de bien de estar desconcentrado, digamos, por haber encendido yo la luz de la cocina.
Tal vez él le haya dicho que no se cree que esté viniendo a estas horas de casa de su hermana. Tal vez ella sea capaz aún de utilizar palabras más engatusadoras que un “no me pegues”. Tal vez él no esté borracho. Tal vez ella sí. O tal vez no, porque diría que ha visto la llama de mi mechero cuando me enciendo el cigarrillo.
Como para confirmármelo, dice en un tono algo más alto “No me pegues o chillo”. “¡Venga, chilla!” responde él. Y entonces, sin doblar las rodillas, haciendo tan solo balanza con los hombros, la levanta por el cuello hasta la altura de su ombligo. Luego le da un beso que me dura dos caladas completas, y tan despacio como yo suelto el humo, él relaja su presa. Para cuando termina de abrir la mano está llorando.
De nuevo en el suelo, ella ya no intenta levantarse. Se inclina hacia atrás y apoya las manos en el polvo. Pega la barbilla al cuerpo y hace de su rostro todo ojos y pelo revuelto. Él la mira con la serenidad de un gladiador. Entonces ella va separando las rodillas. Suavemente. Él respira pesado. Cada vez más pesado. Termina por caer en el hueco de sus piernas, por besarla, por hundir las manos en su pelo y besarla con rabia. Sobre el cemento, ella lo abraza con brazos y piernas, mientras él mueve rítmicamente las caderas.
No sé si me apetece ver cómo continúa todo esto, pero mi mujer me libra de decidir llamándome desde el cuarto. A lo peor se está provocando un antojo de Häagen Dazs de macadamia y me hace salir a donde el chino. Así que tiro la colilla aún encendida al otro lado del patio y noto, al salir de la cocina, como sube por la campana un olor a aceite recalentado demasiadas veces.
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