Día de Darwin 02018: ¿Por qué ya no nos morimos de lo que nos moríamos? – de Jose Ramón Alonso

El 2 de febrero de 2018, tuvimos la última de las sesiones que organicé para el Ateneo Navarro. Una vez más, en el Planetario de Pamplona.

Trajimos a José Ramón Alonso, Catedrático de Neurobiología de la Universidad de Salamanca. Sus charlas de divulgación son historias de las que atrapan.

Esta fue la presentación para los materiales previos:

“Esta charla quiere ser un viaje, un recorrido sobre la historia de la ciencia y la historia de la humanidad . El eje vertebrador es nuestra propia vida y también su final, la muerte: ¿de qué morían nuestros bisabuelos?, ¿y nuestros abuelos?, ¿y nuestros padres? ¿y nosotros? Hemos tenido un cambio espectacular y apenas somos conscientes de ello. Algunos de los grandes asesinos de la humanidad han sido vencidos pero otros siguen entre nosotros. Sin embargo, vamos a seguir esa lucha y habrá que pensar en que habrá nuevas victorias y también nuevos enemigos. Pero en esa aventura tenemos una herramienta única, una ayuda espectacular: la ciencia. Es tan solo una forma de trabajar pero nos ha dado el mayor regalo que se pueda soñar, algo por lo que habrían dado todo nuestros ancestros: el que la muerte de un hijo sea una tragedia excepcional. Vamos a celebrar el Día de Darwin y hablaremos de Darwin, y de Velázquez, y de Cajal, y de Fleming y de muchos científicos anónimos o poco conocidos, hablaremos de cómo la ciencia es un proyecto vivo, apasionante pero en el que también hay traspiés, errores que se corrigen a través de más ciencia, de honestidad, de trabajo. Sagan decía: “vivimos en un mundo dependiente de la ciencia y la tecnología, en el que casi nadie sabe algo sobre ciencia y tecnología. Eso es una receta clara para el desastre”. Trabajemos para saber más de ciencia, un ámbito de fascinación y disfrute, la mayor epopeya de nuestros tiempos. Por otro lado, a veces contamos la ciencia como si estuviera hecha por genios alejados de la sociedad, seres excepcionales con dotes únicas. No es verdad. Los mejores científicos son personas normales, con sus defectos y virtudes y convertirlos en superhombres es un insulto a su tenacidad, a su compromiso, a su esfuerzo. No necesitamos mitos, la ciencia muchas veces no es como nos la han contado, ¡es mucho mejor!”

Y así es como lo presenté yo. Más o menos:

Esta es la tercera edición del Día de Darwin. Un evento que trata no solo de difundir el conocimiento científico, sino de fomentar el pensamiento crítico y desenmascarar los mitos. Este año queríamos tratar un tema para, en realidad, hablar de dos:

  • el tema de la charla en sí, que ya ha sido presentado,
  • y el mito de que la ciencia sólo habla de métodos y nunca de personas o de historias, de que hay dos culturas diferenciadas -las ciencias y las letras- cuando sólo hay una, infinitamente entrelazada.

¿Y cómo vamos a hacer eso? Pues fijaos en esto: 

 

“Érase una vez”.

¿Lo habéis notado? Os estoy llamando la atención.

Esas sencillas palabras probablemente se encuentren entre las más seductoras de nuestro lenguaje. Nuestra forma de entender el mundo es, predominantemente, narrativa y nos encanta que nos cuenten cuentos. Es una forma potentísima de aprender.

Pero cuidado, porque por esos mismos motivos, es fácil suspender nuestro pensamiento crítico y hacernos más crédulos. Esto lo saben bien quienes quieren influir en el sentir de la comunidad. Así que todo charlatán pseudocientífico que contará historias y anécdotas para justificar cualquier patraña. Parafraseando a Unamuno, diríamos que las historias son arte porque sirven para mentir.

Por otra parte, la ciencia lo sabe: para comprender lo que sucede realmente los datos son imprescindibles. Como decía Edwar Demings: “Si no tienes datos, solo eres otra persona más con una opinión”. La explicación más correcta, es la que mejor resiste la confrontación contra el dato. De manera que toda esa matemática nos ayuda, infinitamente, pero no nos mueve de la misma manera. Rara vez nos conmueve.

De manera que este cuento sigue: “Érase una vez, entonces, un divulgador científico que quería contar historias”.

Porque, las buenas noticias, es que las historias también se pueden contar de forma honesta. Intentando que sean tan veraces como sea posible. Y tal vez haya que romper algunos mitos sobre la historia de la ciencia, usar datos y construir narrativas más ajustadas. Puede ser difícil, pero es mucho más interesantes. Como escribió Arthur C. Clarke en el prefacio de “2001: Una odisea espacial”: “Recordad, por favor, que ésta es sólo una obra de ficción. La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria”.

Y sigo: “Érase una vez, entonces, un divulgador científico. Que quería contar historias, responder a cuestiones, y tal vez plantear mejores preguntas a través de ellas, pero sin renunciar al rigor”.

Este personaje, esta persona, se llama Jose Ramón Alonso, y se describe en su blog con un escueto “Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor”.

Nos viene a explicar “¿Por qué ya no nos morimos de lo que nos moríamos?”. Para que cuando escuchemos por ahí esos comentarios alarmistas de “en las últimas décadas han aumentando enormemente el número de casos de tal o cual enfermedad”, en lugar de atribuirlo a causas espúreas, a merced de la narrativa más conveniente que se invente alguno, seamos capaces de responder un simple: claro, “pero eso es porque antes se morían de otras cosas”.

Y, para entenderlo bien, podemos hacerlo desde las emociones, sin desactivar el intelecto. Sin mitos. Con datos. Desde lo humano.

Jose Ramón, por favor, ¿nos cuentas por qué ya no nos morimos de lo que nos moríamos?”

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