Cuatro lecturas de La Historia Interminable

A punto de dar la media noche del 19 de diciembre de 01988 el niño de ocho años que yo era estaba sentando en el pasillo de casa de sus padres, junto a la puerta de la habitación de sus hermanas. Esperando que dieran las doce para felicitar el cumpleaños a la Loles.

Sentado en el pasillo, decía, pero más importante era que leía un libro. Estaba con las últimas páginas de “La historia interminable”. Sí, ése tan conocido pero que, sospecho, poca gente del alto mundo literario valora como yo lo hago. Porque tengo que decir que, en muchos sentidos y con todos sus defectos, ha sido el libro que más ha influido en mi relación con la literatura. Con esa fuerza con la que atrapó a ese niño entre sus páginas en rojo y verde, de envolverle y hacerle sentir que ocurrían cosas mágicas. Convenciéndome de que, si Atreyu era lo que era para Bastián, Bastián y Atreyu podrían ser lo mismo para mí. Una puerta, una entrada a Fantasía. Ese lugar donde se sucedían aventuras en las que podía intuir profundos significados.

Pudo haber sido otro libro, pero fue ése.

De manera que, cuando cumplí los dieciséis me dije, “tenía ocho cuando lo leí y han pasado otros ocho, lo volveré a leer”. Y así a los veinticuatro y a los treinta y dos.

La línea Infinita, Edgar Ende

La línea Infinita, Edgar Ende

Enfrentarme, periódicamente, a ese texto que tanto tiene -y tanto le he atribuido- de espejo de mí mismo, me produce un efecto como …como el de la Puerta del Espejo a la que se enfrenta Atreyu en su búsqueda del Oráculo del Sur.

¿A que me he explicado? Así me siento y así lo narro. Las dos cosas. Y ambas son importantes.

Ya no sé si recuerdo o construyo a aquel adolescente que, recién ampliados los límites de la fantasía heroica y la ciencia ficción comenzaba a leer -y a disfrutar muchísimo- de autores como Marías o Benedetti. La de aquel chaval fue, de las cuatro versiones de mí, a la que menos le gustó la novela. Un tanto decepcionado por un estilo facilón y unas aventuras que no parecían ya tan fascinantes. Eso sí, lo leyó entero y con cariño. Tal vez con un punto de nostalgia, pensó que había dejado atrás ya todo eso. Que ahora era capaz de leer cosas de adultos. Y que le esperaban autores y autores magistrales. Tantos que, en ocasiones, le producían sofocos al verlos juntos, agolpando sus lomos, en librerías y bibliotecas que nunca podría recorrer completamente.

Recuerdo mejor al de los veinticuatro, asumiendo su compromiso de leerlo de nuevo creyendo que no le iba a aportar ya gran cosa. Y, sin embargo, disfrutar desde una perspectiva completamente nueva. Coincidir con la versión previa de sí mismo en que el estilo, de acuerdo, era mejorable, pero también muy eficaz y accesible. Y, sobre todo, reconocer claramente tantas y tantas tradiciones literarias, de tantas mitologías, embebidas en la construcción de una historia nueva. Una historia, además perfectamente construida según esos cánones -que recién estaba aprendiendo por entonces- de aquello que llamamos “narratividad”. ¿Una historia he dicho? No. Mucho más. Porque en realidad, “La Historia” cuenta dos veces el viaje del héroe, tanto el de  “las mil caras” como el de “el emperador sobre todas las cosas” y las reconcilia. Me pareció un pequeño prodigio de un autor poseedor de una imaginación desbordante y que sabía muy bien lo que se hacía.

Después cumplí los treinta y dos. Volví al libro, a la misma edición resquebrajada en que he leído cada vez. Sin intención de destripar tanto. Sólo de disfrutar.

El padre de Michael Ende, Edgar, era Pintor. Así lo retrató en 01930.

El padre de Michael Ende, Edgar, era Pintor. Así lo retrató en 01930.

Y ésta vez, he entrevisto a Michael Ende, adulto y niño simultáneo. Ejerciendo también de Bastián y de mí mismo, con ocho años, sentado en el pasillo y transportado. Construyendo, una vez más, esa alegoría que habla, sobre todo, de la relación de ida y vuelta entre la fantasía y lo real. De como lo imaginado puede ser perdición y salvación de todo lo por vivir.

Esta vez, le he dado un nuevo nombre a la Emperatiz Infantil.

…pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

 

9 comentarios en “Cuatro lecturas de La Historia Interminable

  1. Me ha encantado esta entrada. ¡Felicidades!
    Recuerdo que este libro fue un regalo por mi primera comunión. Lo leí también con ocho años y me encantó, tanto que fue mi libro preferido durante muchísimos años, y aún hoy sigue siendo uno de mis preferidos. Volví a leerlo algún tiempo después, desde luego no habían pasado ocho años, y descubría cosas nuevas. La última vez que volví a leerlo sería hace unos diez años más o menos y siempre en ese primer libro. Estoy intentando convencer a mi hija mayor de que lo lea, aunque sea en formato electrónico porque estoy seguro que disfrutará tanto como disfrute yo, o como disfrutaste tú, en su momento.

    1. Me alegro, José Luis. Está claro que hay unos cuantos paralelismos entre tu historia con “la historia” y la mía. :)

      Puedes intentarlo con tu hija, o puedes leérselo como hacía el abuelo de “La princesa prometida” con el clásico del gran S. Morgenstern. :D

  2. La primera vez que yo leí La Historia Interminable era poco mayor que la segunda versión de ti que se enfrentó a ese prodigio de la imaginación.
    No sé dónde lo leí pero estoy segura de q no fue sentada en un pasillo :P. Lo que sí recuerdo es la pena q sentí al terminarlo: pena de que se acabara y sobre todo pena, pena, pena de no haberlo leído con ocho años!! Porque claro, en esto me he sentido muy identificada contigo, ya era mayor, ya estaba preparada para leer cosas mucho más importantes que eso. Había visto la película (alguien no??) y esperaba que las páginas me llenaran la cabeza de mucha más magia, y aunque me encantó leerlo, sentí que Fantasía había llegado tarde…
    Pero algunos años más tarde, bastantes, volvió a caer en mis manos. Y me pudo el reencontrarme no sé si con la Historia o con mi niña interior… Y esa vez, me fascinó. Lo escribió y sobre todo, lo imaginó un adulto. Un adulto!
    Me ha encantado este post Toto, no sé si nos parecemos mucho o si la magia de Michael Ende va más allá de lo que parece…

    1. Vaya… Así que te llegó algo tarde, ¿eh, Cova? En cualquier caso, está claro que llegó y que conectó. Y sí, está claro que de forma parecida. ;)

      De todas maneras, me están sorprendiendo bastante los comentarios que estoy recibiendo con esta entrada (mira en mi fb o en mi g+). Yo sabía que me iba a encontrar con personas con una relación parecida a la mía con el libro. Pero me impresiona que sean tantas! (Cruzando la cantidad de comentarios recibidos con las estadísticas de “número de lecturas”, la relación es altísima… Creo que la mayor que recuerdo).

      En cualquier caso, estoy bastante convencido de que la mayor parte del mérito es del propio Ende. Decía cosas el tio… ;)

      http://es.wikiquote.org/wiki/Michael_Ende

      ¿Has leído “El Espejo en el Espejo”? Nada que ver, ¡pero qué libro!
      Ejemplo: http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n48/articulo-7.html

      1. Es curioso porque me sonaba haberlo leído pero después de este aperitivo q me dejaste aquí… No recuerdo nada!!
        Así que me lo apunto en la lista! Gracias por la sugerencia!!

  3. Qué gran entrada Toto! Yo voy por la mitad…es decir, me lo he leído dos veces, y las dos hace muuucho tiempo. Creo que voy a por la tercera en breve. Me han entrado ganas.

La mejor sección del blog: ¡Los comentarios!

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