¿Y qué tal un sistema monetario con el patrón “Julio”?

Un concepto chocante

Resulta que hace un tiempo me enteré -más bien, tomé consciencia- de que el sistema monetario que se utiliza en el mundo desde hace cuarenta años es fiduiciario. Palabra que viene del mismo origen que la palabra “fe” y que va, precisamente, de eso. El dinero tiene valor porque las personas creemos que lo tiene, porque todos convenimos que es así. Esto es fuerte: el sistema monetario se sostiene en la fe. Dicho así, cualquiera entiende que la fe mueve montañas. ;)

En cualquier caso, mi (de)formación hacia las ciencias naturales me hace escéptico a este tipo de abstracciones. Sí, ya sé que -más o menos- el sistema funciona. Pero, parafraseando a Scott Adams: si algo funciona es que no tiene suficientes prestaciones.

Así que ¿cómo podríamos construir un sistema monetario mejor, más sólido que el que tenemos? ¿Un sistema cuya referencia sea algo más real, menos intangible, que la mera confianza?

Sí, sí… ya sé que el trueque es primitivo e ingobernable, y que el patrón oro fue un desastre. Pero es que… ¿qué queréis que os diga? Es que tampoco creo que el oro tenga ningún valor objetivo real. El oro no se come, no cura enfermedades, ni protege del frío. Para la  supervivencia de la especie, el oro no importa un carajo. Así que, desde ese punto de vista, el oro también tenía un valor fiduciario: se convenía -se tenía fe- en que se podía intercambiar oro por otras cosas.

Así que lo estuve pensando y dije: las cosas incuestionablemente valiosas son las que tienen que ver con la energía. Sí, es una pedrada. ¡Pero atentos, que lo voy a explicar!

Veamos: La comida es valiosa porque puedo obtener de ella un determinado aporte calórico que necesito para vivir y otros nutrientes cuya presencia en la composición química del alimento también cuesta una energía incorporar. Mi trabajo tiene un valor porque cuesta un esfuerzo, una energía. Curiosamente, trabajo y energía, físicamente, son conceptos íntimamente relacionados. Hasta el punto de que ambos se miden en la misma unidad: el julio.

Entonces, ¿por qué no utilizar una magnitud real, del mundo físico y de la biología, directamente como base del sistema de valor?

Los bienes materiales valdrían en función de la energía que contienen y/o que ha costado construirlas. La escasez, un concepto básico en el equilibrio entre la oferta y la demanda, también puede traducirse como una energía. Algo así como “el trabajo adicional que cuesta hacerse con un determinado recurso en lugar de otro”. Los servicios tendrían un valor en función del esfuerzo realizado.

Reconozco que este último punto es complicado de medir. Ya que es relativamente fácil calcular el esfuerzo energético de una persona descargando un camión, pero no tanto el de un médico diagnosticando una enfermedad o el de la composición de una ópera. Ahí influyen el conocimiento (que es también un trabajo invertido, a menudo durante muchas generaciones, y absorbido con un esfuerzo adicional) y el talento y la creatividad (que son casi magia). Supongo que es muy difícil valorar esto sin tener en cuenta lo dicho antes de la escasez. Pero yo creo que tener en cuenta la energía invertida en esos procesos aportaría una referencia adicional más coherente… (No voy a reinventar el mundo con todo detalle para un puñetero post, ¿o qué? ;) )

¿Y qué ganamos con todo esto?

Primero, que sería un sistema mucho más coherente. Mucho más justificable del valor de las cosas que el “las cosas valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas”.

Lo cual tiene otras ventajas asociadas. Por ejemplo, esos excesos de confianza que dan lugar a las burbujas estas que revientan y se llevan a la gente por delante, podrían controlarse mejor. ¿Por qué? Porque la cantidad de energía disponible en la tierra es finita. Porque no tiene sentido producir (o creer que se produce) por encima de una cierta cantidad. ¿Cual? Una parte de la energía que el planeta recibe del Sol.

Aunque esto daría para mucho desarrollo, quiero dejar indicado que la inmensísima mayoría de la energía terrestre, de cuanto está vivo -más aún de cuanto está más caliente que los 0°K-, proviene del Sol:

  • Una parte importante se convierte en biomasa a través de la fotosíntesis que convierte materia inorgánica en orgánica “almacenando” energía en el proceso.
  • Los combustibles fósiles -carbón y petróleo- pueden verse como un ahorro de la energía solar convertida en biomasa hace millones de años.
  • Otros tipos de energía, como la eólica o la hidraúlica también vienen del Sol. Es el que evapora el agua o calienta más el aire de unas zonas que de otras, generando corrientes y energías potenciales.
  • Que se me ocurra, sólo la geotérmica, parte de la marina y la nuclear. A día de hoy -y mucho tendrían que cambiar las cosas- no son comparables a la cantidad de energía que se recibe del sol. (Leed la tabla del link: no estoy hablando de consumo eléctrico, ojo).

Así que, considerando cuanta energía se recibe y qué fracción es aprovechable -una muy pequeña-, tendríamos un límite objetivo, físico, medible de cuánto puede crecer económicamente una comunidad. Qué parte de esa energía, de ese trabajo, ha podido ser convertido en valor.

Reconozco que ni yo mismo me tomo todo esto muy en serio. Es más, estoy seguro de que no voy a convencer a nadie de nada –porque es imposible-. Incluso sé que si alguien comenta será pare decirme que me baje de la nube. Pero creo que plantearse algunas cosas locas es un bonito ejercicio que además, a menudo, merece la pena.

En fin. Voy a la Máquina-0,239X. La de intercambiar julios por calorías… ;)

4 comentarios en “¿Y qué tal un sistema monetario con el patrón “Julio”?

  1. “Primero, que sería un sistema mucho más coherente. Mucho más justificable del valor de las cosas que el “las cosas valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas”.”

    Entiendo que el hecho de medir algo en unidades físicas pueda parecer mucho más coherente, pero en realidad el criterio que pones entre comillas es bastante más democrático en el sentido de que refleja las preferencias reales de la gente, y eso no es en absoluto trivial. Un ejemplo de qué ocurre cuando un sistema económico no tiene en cuenta esas preferencias es la economía planificada por el Estado, con todo lo que eso conlleva. No, gracias.

    Y no creas que no comprendo la lógica del razonamiento de que el precio de algo debería reflejar de alguna forma el coste de fabricarlo u obtenerlo, pero la realidad es que en las sociedades libres eso no es así (al menos no necesariamente), con todo lo bueno y también lo malo que eso implica.

    Un beso!

    1. Seguramente hay cosas muy básicas y muy de fondo que se me escapan porque “no estoy en mi elemento”. Pero:
      – las preferencias reales de la gente son las que producen o no escasez, ¿no es así? Y eso es lo que hace que en el sistema actual se incremente el precio de las cosas. Eso también tiene una contrapartida energética. ¿Estás dispuesto a recorrerte la ciudad por encontrar la tinta de pluma que te gusta y no cualquier otra? Eso es mucha energía en forma de gasolina y tu propio tiempo/esfuerzo.
      – así que no lo veo incompatible con el ejercicio de la libertad.
      – por otra parte, no me suele gustar utilizar la palabra “democrático” como sinónimo de “incuestionablemente bueno”…

      Llámame optimista, iluso o cándido, si quieres; pero estoy seguro de que la humanidad lo puede hacer mejor todavía. ;)

      1. Yo no he usado esa palabra como sinónimo de “incuestionablemente bueno”; he definido a continuacion en qué sentido lo decía.

        Y a la pregunta de si iría a por la tinta de pluma que me gustara, pues te contestaría que sí, que gastaría esa gasolina y ese tiempo/esfuerzo, pero esa no es la cuestión: lo que quiero decir es que en ese caso -y en todos- me gusta poder tomar yo la decisión. Y el precio de esa gasolina en un sistema de precios que refleje las preferencias reales será el que oriente mi decisión.

        Los precios formados de ese modo proporcionan mucha más información de la que parece.

        Otro beso! :)

  2. Creo que pondré esto en mi blog, porque me ha quedado largo y hasta bonito:

    Acabo de llegar a casa y me he puesto una cerveza. No puedo dejar de pensar que para que yo pueda tomarme ahora esta cerveza fresquita ha sido necesario mantenerla en una nevera. El suministro eléctrico que hace funcionar la nevera y ha refrescado mi cerveza es continuo y sin interrupciones, o por lo menos, los cortes eléctricos son breves y poco frecuentes provocados cuando ocurren por averías más que por exceso de demanda. (Sé que hay muy pocos cortes eléctricos porque mi despertador es eléctrico y no recuerdo la última vez que tuve que ponerlo de nuevo en hora).

    Pienso también que esa lata de cerveza estaba en el lineal del supermercado junto a otros cientos de latas de distintos tipos de cerveza. Y había muchísimas otras bebidas. Y un montón de marcas de whisky, de ron, de ginebra. Y ganchitos, panchitos, cacahuetes, almendras peladas y sin pelar, pipas, galletas, chocolates de docenas de variedades. En la panadería del super hay también gran cantidad de variedades de pan recién hecho. Y yogures de todo tipo de sabores y contenido calórico. Y todo ello está ahí para que yo pueda comprarlo. Alguien ha negociado con centenares de proveedores, ha contratado a decenas de reponedores y cajeros y ha coordinado la logística para que yo pueda comprar la lata de cerveza que me estoy tomando.

    Pero ésto no acaba ahí. El fabricante de la cerveza pidió un préstamo para montar la fábrica que algún banco le dió canalizando el ahorro de miles de personas que sin saberlo han contribuido a que alguien compre unos depósitos de fermentación de acero inoxidable. Esos depósitos a su vez, fueron fabricados por alguien que adquirió el acero y la maquinaria necesaria para fabricarlos. Y contrató cientos de trabajadores y transportistas… También, el fabricante de mi cerveza compró cebada y lúpulo. El lúpulo lo compra a una cooperativa de Castilla-León. Los cooperativistas cultivan el lúpulo y viven de ello. También algunos agricultores cultivaron la cebada que acabó en mi lata de cerveza y la vendieron al fabricante.

    Esta puta lata de cerveza que me estoy bebiendo es el resultado combinado de miles (si no millones) de transacciones económicas aparentemente descoordinadas. Sin embargo hay algo que dice a los agricultores cuantas hectáreas de cebada sembrar, y cuántas de lúpulo, y a la acería cuánto acero fabricar, y cuantos depósitos de acero inoxidable, y cuantas latas debe comprar el supermercado, y cuanta agua se debe hacer caer por las turbinas del pantano para que yo me tome mi cerveza fresquita. Ese mecanismo son los precios. Son los precios los que transmiten las señales de la misma manera que las neuronas transmiten impulsos eléctricos para configurar una realidad mucho más compleja, como esta idea que estoy exponiendo, en mi cerebro.

    El mecanismo de precios no es perfecto, pero no deja de ser asombroso (para quien tenga capacidad de asombrarse, claro). No ha sido preciso diseñar el sistema. Surgió de forma espontánea. En algún momento, alguno de nuestros antepasados descubrió que podía mejorar su bienestar si dejaba de pensar como un depredador respecto a otros seres humanos. En algún momento alguien se dió cuenta de que el otro, el prójimo, era más valioso vivo que muerto gracias al intercambio. En algún momento el juego de suma cero de la depredación se convirtió en un juego de suma positiva gracias al intercambio.

    Si hay algo consustancial al intercambio es precisamente la relación de cambio. ¿Cuántas pieles vale un arco con flechas? ¿Cuantos cocos vale una gallina?. Esa relación de intercambio es muy compleja en nuestro mundo donde comerciamos con millones de bienes y servicios distintos: ¿cuántos litros de aceite de oliva virgen extra vale una sesión de masaje en un balneario?. En una economía de trueque necesitaríamos una matriz de millones de filas y millones de columnas para expresar dichas relaciones de intercambio. De hecho, seguramente sería posible explotar relaciones múltiples de intercambio para sacar beneficios de arbitraje.

    En algún momento de la historia en que la matriz de relaciones de cambio se iba haciendo excesivamente compleja a alguien se le ocurrió relacionar los precios de todos los bienes a unidades de un bien de referencia, o numerario. Todos hemos leído historias de cómo en la cárcel o en los campos de concentración los cigarrillos hacían las veces de unidad de cuenta…. de dinero.

    Se utilizaron conchas, sal, metales… diversos bienes hasta llegar al patrón oro. Pero el meollo de la cuestión no es tanto cual es el bien de referencia sino que para que el sistema funcione, para que los precios cumplan su función de mecanismo o correa de transmisión es preciso que los precios relativos puedan variar, Si estamos produciendo más trigo del que nos podemos comer hay que transmitir una señal: bajar el precio. Si todos queremos ver la actuación de nuestro artista favorito también transmitimos una señal: sube el precio (por ejemplo en la reventa).

    Actualmente el numerario no tiene ningún valor excepto el de unidad de cuenta Y depósito de valor. No sirve para nada en sí mismo, pero permite conocer los precios relativos de los diversos bienes con precisión y nos permite a todos “votar” diariamente en nuestra cesta de la compra.

    Creo que ésta es la razón fundamental por la que un sistema basado en el julio no puede funcionar: porque en ese caso estamos creando un sistema con precios relativos fijos de modo que todo el mecanismo espontáneo de transmisión de señales deja de funcionar impidiendo que los agentes tomen las decisiones acordes a esa “sabiduría implícita” del sistema de precios.

    Por supuesto, este no es el único inconveniente que veo a la propuesta, pero me parece tan insalvable que los demás argumentos palidecen a su lado.

    Un saludo

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