A JLR -in memoriam-.

Nos conocimos el verano que yo cumplí los doce. Tú tenías catorce y bajábamos a lanzar piedras al río. Recuerdo excursiones en las que reíamos constantemente a carcajadas.

Más tarde las cartas, grabaciones en cinta, tu hermano y tú improvisando la alegría en sesenta minutos, cromo, doble cara. Las puntuales llamadas por cumpleaños o navidades.

Hubo también un par de viajes. Yo limpiaba las hojas de menta para el mojito en tu txosna comunista. Luego viniste en fiestas para seguir riendo. Mientras, nos hacíamos mayores a distancia.

Luego supe de tu enfermedad. De sus altos y tus bajos.

Y me fui a vivir a otro país.

Y no supe de ti por ese tiempo.

Con los años aprendí a dejar de esperar tus llamadas. Y también que, por mi parte, lo admito, tuve miedo. Tan  sencillo y cobarde como no querer encontrarme a tu madre, al otro lado, atravesada en lágrimas.

Al final, lo consulté con el oráculo de google que no tardó en responderme la verdad. La confirmación presente de temores remotos.

Aquel día leí el discurso de tu hermano ante los camaradas. Y hoy he descubierto que también, de algún modo, te mantienen vivo entre las redes.

El día que hubieses cumplido treinta y tres.

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