Crítica a “La Chatarrería” de Santiago Arocena

LA CACHARRERÍA

(NOTA: Dejando el ratón sobre las palabras coloreadas aparecen mis comentarios al respecto).

En la chatarrería, donde no se podía jugar, siempre se encontraba algo que nos hacía llegar tarde a la hora de comer. Jaime miraba con cuidado dentro de los coches apilados. Una vez nos encontramos un pomo de cambio de marchas con una herradura. En un coche con llamas pintadas en las puertas, que tenía un montón de cristales rotos por dentro. Mirando desde tan lejos, Jaimito, no vas a encontrar nunca nada interesante. El coche con las llamas pintadas estaba en un escondrijo por donde creo que no habíamos mirado nunca. Que raro, porque venimos casi todas las mañanas desde que terminaron las clases. Hoy hemos encontrado una muñeca rota. A mi no me gustan las muñecas, pero esta daba miedo. Se parecía a la de la película que tampoco nos dejaban ver el otro día.

-¡Juantxo, teníamos que habernos ido hace media hora! Mi madre me va a gritar-. Jaime siempre está dando la tabarra. Si mi madre estuviera en casa, seguro que yo no tendría que esperar a que mi padre terminara de hacer todo.

-¿Tienes miedo de que te grite tu mamá, o es qué te da miedo la muñeca?- levanto la muñeca y Jaime mira al suelo. Mi padre hace todo, pero nunca termina de hacer bien nada.

Entre las dos piezas de cultivo del tío de Arkaitz había un riachuelo. En las orillas crecía un árbol que no tenía un gran tronco. Eran mas bien ramas gordas que crecían en ambas orillas del río. Por fuera parecía un arbusto gigante. Pero entrabas entre las hojas y podías trepar por las ramas anchas de dentro. Los dos palmos de riachuelo pasaban por debajo. Cuando nos juntábamos varios a la sombra del espacio que había dentro, a veces, contábamos historias. Hoy fuera picaba el sol con fuerza. Jaime nos dijo algo de cómo Duna tuvo cachorros en invierno. En invierno la familia de Jaime vive en la ciudad. Yo, en cambio, voy al cole en la ciudad todos los días y vuelvo a dormir al pueblo. Casi media hora de viaje, que por la tarde se me hace interminable.

¡A qué no haces esto!- Dije justo antes de saltar de una pila de coches a otra. Jaime saltó con decisión. No estaba muy alto, pero si te caías ahí la antitetánica te la ponían casi seguro. Después nos sentamos en un renault semiescacharrado, con muelles que salían de la tapicería de los asientos. Tenía los tres retrovisores; del de dentro colgaban dos dados de peluche. Jaime era un detective vigilando un mafioso ruso y yo, en el asiento del conductor, un padre que volvía cabreado del trabajo. Al final: llegábamos a casa, Jaime espiaba al ruso en su casa desde la ventanilla; yo esperaba con las manos en el volante, porque no me apetecía entrar en casa y cuidar de mi familia.

A veces con nuestras bicis llegábamos a lugares más alejados del pueblo. Más o menos hacia el norte, por esa carretera tan peligrosa que nuestros padres no nos dejaban coger, íbamos hasta una colina arbolada. El lugar era mágico y poco frecuentado. En un extremo de la colina había un barranco no muy grande, pero pronunciado. Junto al barranco había un claro entre los árboles. Era un espacio llano que parecía una terraza, o un mirador. Cuando llegábamos abandonábamos nuestras bicis y nos sentábamos al borde del barranco. Tenía que insistir mucho a Jaime para que fuéramos hasta  allí, porque tenía miedo de que su madre se enterase que habíamos pedaleado por esa carretera.

-¿Hace cuánto que no ves a tu madre?- Me preguntó Jaime.

-Casi dos meses. La última vez mi padre se cabreó un montón, porque mi madre se había tomado unos vinos antes de llevarme de vuelta a casa. Mi madre es muy divertida; sobretodo cuando se toma unos vinos. Mi padre en cambio es un aburrido-. Dije todo esto mientras saltaba de piedra en piedra junto al borde del precipicio.

-¿De dónde sale ese humo?

-¡Antes lo he dejado todo muy bien apagado! He estado quemando unas… pero lo he apagado todo bien.

Nos quedamos mirando un momento. Inmediatamente miramos los dos a la vez nuestras bicis y salimos pitando. Llegamos hasta donde la pista de tierra se unía con la carretera. Por una vez Jaime iba por delante de mí. Seguro que lo primero que hace es contárselo todo a los mayores en cuanto lleguemos. El camión no hizo nada de ruido al aparecer de la curva junto a la intersección. Yo todavía no había llegado al cruce. Jaime acababa de meterse en la carretera. Creo que era la primera vez que lo hacía sin mirar antes.

Santiago Arocena

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Mis comentarios generales

Así, en general, el uso de los tiempos verbales -que es bastante “anómalo”- creo que tiene una buena intención y mucho sentido. Pero dudo en unos cuantos momentos (no lo he señalado en todos) sobre quién está hablando exactamente. El niño de entonces o el narrador de ahora. Mola que se confundan a veces, pero es algo a manejar con cuidado. Es decir, creo que hay una regla clara entre el presente y el pasado. Puedes respetarla estrictamente o no, si consideras que es mejor confundir las dos voces. Pero, tal y como está ahora, creo que hay algunas que confunden y no aportan.

Me gustan -pero mucho- unos cuantos detalles de la forma de hablar y de presentar los conflictos. Aunque cosas como “jaimito” me lo hacen menos realista. No sé. Un jaimito y un arkaitz, parece la españa de los 50 meets anteayer en Ultzama. No sé si me explico…

Y el final… El final me ha dejado un poco raro. Es la historia, sí, puede… Pero no es la verdadera historia, ¿no? ¿Querías contar eso desde el principio? Hay muchos detalles que llevan a pensar en Jaime como esa persona especialmente frágil que, justo el día que, va y la lia. Pero parece más intensa la situación familiar del narrador. No me parece un error. En absoluto. Pero ahí hay algo que me da que pensar y no veo del todo claro… 

2 comentarios en “Crítica a “La Chatarrería” de Santiago Arocena

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