Fracasos afectivos – De “La inteligencia fracasada”, Jose Antonio Marina

Las sociedades fomentan estilos afectivos diferentes, por ello hay culturas pacíficas y culturas belicosas, culturas egoístas y culturas solidarias. En Sexo y temperamento, Margaret Mead muestra dos modelos de afectividad social. Los arapesh son un pueblo cooperador y amistoso. Trabajan juntos, todos para todos. El beneficio propio parece detestable. «Sólo había una familia en el poblado», cuenta la autora, «que demostraba apego por la tierra, y su actitud resultaba incomprensible para los demás.» Se caza para mandar la comida a otro. «El hombre que come lo que él mismo caza, aunque sea un pajarillo que no dé para más de un bocado, es el más bajo de la comunidad, y está tan lejos de todo límite moral que ni se intenta razonar con él.»
Para los arapesh el mundo es un jardín que hay que cultivar. Mi alma de horticultor no puede dejar de conmoverse ante esta poética concepción del mundo. El deber de los niños y del ñame es crecer. El deber de todos los miembros de la tribu es hacer lo necesario para que los niños y el ñame crezcan. Cultivo de los niños, cultura del ñame, o al revés. Hombres y mujeres se entregan a tan maternal tarea con suave entusiasmo. Los niños son el centro de atención, la educación entera es educación sentimental. No hace falta que el niño aprenda cosas, pues lo importante es suscitar en el un sentimiento de confianza y seguridad. Hacerle bondadoso y plácido, eso es lo imporcante. Se le enseña a confiar en todo el mundo. Los niños pasan temporadas en casa de sus familiares, para que se acostumbren a pensar que el mundo esta lleno de parientes.
A ciento sesenta kilómetros de los pacíficos arapesh viven los mundugumor, que han creado una cultura áspera, incómoda, malhumorada. Todo parece fastidiarles lo que no es de extrañar, porque su organización fomenta un estado de cabreo perpetuo. La relación con el sexo o puesto y la organización familiar están cuidadosamente diseñadas para provocar irremediables conflictos. La estructura básica de parentesco se llama rope y es una máquina perfecta de intrigas y odios. El padre y la madre encabezan familias distintas. El rope del padre está compuesto por sus hijas, sus nietos, sus bisnietas, sus tataranietos, es decir, una generación femenina y otra masculina. El rope materno está contrapeado. Ambas familias se odian, no por casualidad, sino por los ritos de casamiento. Los mundugumor cambian una novia por una hermana, por lo que los hijos consideran a su padre un rival peligroso, que puede cambiar a sus hijas por unas esposas más jóvenes para él. En reciprocidad, los hijos son también un peligro para el padre, que ve su crecimiento como el crecimiento de unos enemigos. En cada choza mundugumor hay una esposa enfadada y unos hijos agresivos, listos para reclamar sus derechos y mantener en contra del padre sus pretensiones sobre las hijas, única moneda para comprar una novia. No es de extrañar que la noticia de un embarazo se reciba con disgusto. El padre sólo quiere hijas para ampliar su rope. La madre quiere hijos, por lo mismo. La educación de los niños es una minuciosa preparación para este mundo sin amor. No hay lugar para la tranquilidad o la alegría. Todos los mundugumor saben que por una u otra razón tendrán que pelear con su padre, con sus propios hermanos, con la familia de su mujer, con la propia mujer. Las niñas ya saben que serán el origen de las peleas. Ese será su dudoso privilegio.
Los estilos afectivos sociales condicionan la vida del individuo, ampliándola o disminuyéndola. El odio, la agresividad, la envidia, la impotencia, la soberbia, extravían a las sociedades. Según Fukuyama en los años sesenta se produjo una gran ruptura social. Aumentó la delincuencia, se generalizaron las disoluciones familiares y disminuyó la confianza entre los ciudadanos. Estos tres fenómenos derivan de un cambio más profundo, a saber, de una quiebra del capital social, de la inteligencia comunitaria, que por un cóctel tóxico de malas creencias y malos sentimientos acabó planteando más problemas de los que era capaz de resolver. Las sociedades pueden encanallarse cuando se encierran en un hedonismo complaciente, y carecen de tres sentimientos básicos: compasión, respeto y admiración. Compadecer es sentírse afectado por el dolor de los demás, y es la base del comportamiento moral. Considerar la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesca corrupción afectiva. Cada vez que se grita «No quiero compasión sino justicia» se está olvidando que ha sido precisamente la compasión la que ha abierto el camino a la justicia. Respeto es el sentimiento adecuado ante lo valioso. Se trata de un sentimiento activo, que se prolonga en una acción de cuidado, protección y ayuda. Es, sobre todo, el sentimiento que capta y aprecia la dignidad del ser humano. Cuando desaparece se cae en la trivialización y en la tiranía del quemasdá. Por último, la admiración es la valoración de la excelencia. Un igualitarismo mal entendido nos impide apreciar a los demás. «Nadie es más que nadie» es una afirmación estúpida por degradante. No es lo mismo el hombre que ayuda a los demás que el hombre que los tortura. No es lo mismo Hitler que Mandela. La carencia de admiración es un encanallamiento. Tenía razón Rousseau cuando se quejaba en una carta a D’Alembert: «Hoy, señor, no somos ya lo suficientemente grandes para saberos admirar.»

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