Siento rechazo visceral por casi todas las variantes del concepto. Ancestros, estirpes, predecesores, linajes, castas…
Me disgusta, sobre todo, por el uso arrojadizo que se hace de esos conceptos desde algunos grupos de influencia muy vinculados a la identidades excluyentes y cerradas. Presentan razonamientos, visiones, justificaciones tipo «porque antes las cosas no eran así» -como si el pasado no fuera un lugar espantoso– con los que activar mecanismos muy concretos, muy de homínidos, sobre el orgullo, los mitos fundacionales, la pertenencia, la definición del «nosotros» frente al «ellos», el tribalismo y un largo etcétera. Todo ello para legitimar superiores dignidades y derechos, por supuesto.
Mucho ojo con eso. Es la espita por la que se escapan muchos de los mayores logros –siempre en proceso– de la humanidad.
Pero, en realidad, pocos de esos conceptos resisten una análisis crítico, racional. La mayoría de ellos son ilusiones, que dirían los Chichos.
Intento desmontar algunos ejemplos representativos, muy por encima:
- Apellidos: El linaje es la linea de sangre, familiar, que casi siempre se liga al apellido. En nuestra cultura, con innumerables apellidos anidados, que entrecruzan padres y madres, con padre del padre y de la madre, madre del padre y de la madre, recursivamente, nuestro primer apellido ha significado esencialmente una cosa: cuál es el que mantiene la línea paternofilial.
En realidad, descendemos en la misma exacta medida -es decir, tenemos la misma cantidad de genes, desde un punto de vista biológico- de absolutamente cualquier otro de nuestros apellidos. Que uno en concreto haya caído en una determinada posición o en otra es puro azar y absolutamente irrelevante a este respecto.
De hecho, en genealogía, se le concede mayor interés a los apellidos que van por las potencias de 2 (el 2º, 4º, 8º, 16º…) por ser aquellos que representan la linea maternofilial. Es decir, la madre de la madre de la madre de la madre. Porque, como decía la abuela «los hijos de mi hija, mis nietos son; porque los de mi hijo son… o no son…».
El suelo patrio: Casi todo el mundo asume de manera irreflexiva que, de alguna manera, mantienen una relación privilegiada con aquellos que ocuparon el lugar geográfico que están ocupando ahora. «Moradores ancestrales» que, meramente, pisaron «el mismo suelo» -es un decir- que ahora pisan.
Es evidente que, a poca idea que se tenga de cómo evolucionan las culturas, cómo se ejecutan las conquistas militares, se mueven las fronteras, cómo migran los pueblos, cómo se mezclan las sangres, etc. tratar de sostener que exista algún tipo de «pureza» en ello no es más que una ilusión.
Fantasear con que existe una hilazón que nos vincula directamente con aquellos que hollaron un particular pedazo de tierra hace siglos o milenios -peor aún, darlo por hecho- es indefendible.
Ilustro con un caso más lejano, para que nadie se dé por aludido en mayor medida que el resto: los habitantes de Egipto hoy en día pueden mantener una significativa relación genética con los que construyeron las pirámides. Pero ni la lengua, ni la religión, ni la cultura, ni la identidad han perdurado. ¿Cuál es el valor de ese vínculo entonces? - Víctimas y verdugos: El tema se pone delirante cuando ya lo que se busca es trazar líneas de culpa y victimización a generaciones vista.
Pongo un ejemplo algo al límite, entiendo el espíritu reivindicativo de la frase no es ese, pero lo traigo porque me parece muy representativo. La popular sentencia «Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar«. El eslogan parece presuponer que hay dos poblaciones (hembras y varones) coexistiendo en una comunidad de manera independiente.
Pero es evidente que todos y cada uno de los humanos vivos hoy somos una mezcla, estadísticamente, de la misma proporción del humanos del pasado.
En realidad, en cuanto a sexo, no es exactamente al 50% intuitivo porque, en números absolutos, «menor número de hombres diferentes» tuvo descendencia con un «mayor número de mujeres» diferentes.
Pero, sin entrar en aspectos tan técnicos, se puede afirmar con total certeza, que casi toda la población es «hija» de brujas no quemadas y, simultáneamente, de los inquisidores las quemaban. Lo extraño sería otra cosa …cuando todos somos herederos de Carlomagno.
Y no solo de Carlomagno. También lo somos de, al menos, una Eva (mitocondrial) y, al menos, un Adán (cromosómico). Si, de hecho, parece que la población de uno de nuestros ancestros más cercanos, en el pleistoceno, fue del orden de 1.280 individuos …durante más de 100.000 años.
A lo que quiero llegar con esto es que la combinación biología-cultura-territorio-familia que utilizamos para retrotraernos, para mantener algún tipo de vinculación con humanos de tiempos pasados, se lleva profundamente mal con la realidad de nuestra especie. Con nuestra tendencia al cruce, la influencia, la migración y las relaciones sexuales desordenadas.
¿Quiénes somos entonces para establecer juicios de valor sobre el origen de nadie?
Pero dejemos una puerta abierta.
No que parezca que caigo en el cinismo de desacreditar todas las herencias. Hay demasiado que agradecer. Y antorchas que legar a los que están llegando.
Así que ¿no podríamos elegir a aquellos que forman parte de nuestro «acervo»?
Es decir, aquellos seres humanos que, independientemente del resto de factores o accidentes, han contribuido a la construcción de «bienes morales» o «culturales» a los que, por mera voluntad, podemos adscribirnos.
Hablo de esas cosas, llamadme loco, como de atribuir a cada ser humano una dignidad. De basarse en la duda honesta para construir conocimiento. De realizar ofrendas en la hoguera creativa, con las que aportar un destello a quienes nos acompañan.
¿No merece la pena mantener ese espíritu?

⭐⭐⭐⭐⭐⭐ Me ha encantado la reflexión. Del primero al último párrafo.