Tras la noticia -tan triste como esperada- me invitan a participar de un recital de homenaje entre amigos y allegados.

Acudo, claro. Algo parecido a esto intenté leer.
Cuando nos encontramos, por espacios, diferencias de edad y trayectoria, parecíamos llamados a establecer una relación de aprendiz y maestro.
La palabra “mentor» se ha pronunciado hoy varias veces.
Tal vez yo no estuviera buscando eso. Porque, desde luego, lo que no iba con tu carácter era pretenderlo.
Y, sin embargo, se puede aprender de los amigos.
Me abriste las puertas de tus muchas casas. Comunidades. Libros. Centros culturales. Personas.
Todas las fui atravesando, una por una. Agradecido. Intentando estar a la altura de tu confianza.
La convivencia fue intensa y, a pesar de que no en todas las ocasiones te lo puse fácil, siempre me hiciste sentir acompañado.
Con los años, los encuentros se hicieron más y más intermitentes. Pero no menos sentidos.
Hace dos inviernos, yo estaba escribiendo la crianza. Mientras tú ibas bocetando una despedida. Y en ambos casos eran celebraciones de la vida.
Mejoraste mis textos, porque siempre se puede aprender de los amigos.
Luego tuve noticia de vuestra noche más larga, Eva.
Pensé que no te volvería a ver.
Contra todo pronóstico, hubo un epílogo.
Una forma de justicia poética para que pudiera darse ese «tercero en discordia«. Ese gemelo literario.
Me lo dedicaste la última vez que nos vimos, en tu hogar. Una más de las generosidades que tuviste conmigo.
Un diario, una voz, que -a su manera- abandona ya las pretensiones literarias y que, tal vez por ello, las excede.
Pero fue reconfortante leerlo, sobre todo, por saber que habías encontrado a maestras en el arte de acompañar.
Le da sentido a preguntas que me hiciste en nuestra ultima tarde juntos.
¿Qué más puedo pedir?
¿De qué me voy a quejar yo?
Y es que sí… cuánto se puede aprender de los amigos.