Estación de paso

El viajero está sentado en un banco del andén, echado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos cruzadas. Únicamente las puntas de los pies tocan el suelo, lo que le permite hacer muelle con los talones para agitar constante y sin ningún ritmo sus piernas.

El sol se ha puesto hace ya mucho. No podría decir hace cuanto exactamente, pero hace mucho. Mira frecuentemente en dirección al origen de la vía en busca de una luz, un sonido, una constatación de que, por fin, el tren está llegando.

Si al menos pudiera comunicarse con su familia. Pueden estar, incluso, preocupados. Hace ya mucho que les dijo que saldría. Y, sin embargo, ahí sigue. No tener una forma de llamarles…

El viajero se levanta y camina a un lado y a otro del andén. No tiene mucho con lo que entretenerse. Es una estación de paso. En el tablón de anuncios están marcados, extrañamente, los horarios de los trenes. El expreso del sur pasa seis días por semana a las diez de la mañana. Hay dos que vienen del oeste cada día, a las ocho y a las dieciocho. Pero, curiosamente, sólo uno vuelve: el suyo. Y, donde debiera estar la hora, un texto dice: “El tren pasará cuando a quien lo espera no le importe”.

¿Qué quieren decir con ello? Semejantes tonterías sólo consiguen impacientarle aún más.

El viajero está en estas tribulaciones cuando, de pronto, se fija en un detalle. El reloj de la estación marca la una y cinco. El de su pulsera, sin embargo, las tres y cuarto. El viajero confía mucho en el suyo. Él mismo lo pone meticulosamente en hora y le da cuerda cada noche. Pero le resulta incluso pretencioso dudar de la hora del reloj de una estación. Los trenes llegan y se van en función de ellos. ¿Qué clase de irresponsable no tendría algo así en cuenta? ¿Tan incompetentes pueden ser los encargados?

Le gustaría que hubiera, al menos, algún otro viajero en el andén. Se lo comentaría. Le diría, “Buenas noches, ¿podría decirme qué hora es?” Y tal vez, si el otro viajero fuera mínimamente comunicativo, cosa cada vez más extraña en estos tiempos, decirle que su reloj marca otra hora y que qué cosa tan extraña y achacar la culpa a los relojeros de uno u otro mecanismo.

En cualquier caso, es ya muy tarde. ¿Le estará esperando todavía su familia? Por supuesto que sí. Ellos nunca se irían sin él, de eso puedo estar seguro. Claro que, por otra parte, no pueden esperarle mucho tiempo con todo lo que hay en juego.

Ni un solo tren ha pasado en todo ese tiempo. Ni uno solo. Tal vez sea normal allí. Al fin y al cabo, sólo hay una vía. No hay, siquiera, una vía para un sentido y otra para el contrario. Sólo hay dos maneras de mirar la misma vía que, en realidad -piensa el viajero-, para el maquinista, será siempre una. Desde donde esté, hacia adelante.

Su reloj ha marcado ya las cuatro y media. El de la estación la una menos cinco. Definitivamente, sólo puede fiarse del de su muñeca. El otro, se ha… ¿parado?

No pueden esperarle para siempre. Sin embargo, él mantiene la confianza. ¿Quién podría darle más motivos? Son su familia, al fin y al cabo, ¿no es así? Harán lo imposible por esperarle. Desde luego que sí.

Tiene la certeza.

 ____________                       
Homenaje a Michel Ende. Especialmente en “El espejo en el espejo“.

5 comentarios en “Estación de paso

      1. un individuo entre dos espejos, sólo puede verse reduplicado en un número finito de veces. número, además, inversamente proporcional al ángulo con el que mire sus múltiples reflejos.

        ocurrirá, por cierto, de tal modo que, cuanto mayor sea el número de imágenes, menos completa será cada una de ellas, ya que las más cercanas taparán las más lejanas.

        y es por ello que en la perpendicularidad total con el espejo, el individuo descubrirá que en lugar de un número infinito de reflejos, se encontrará cara a cara con una única imagen de sí mismo.

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