Las tareas infinitas

Nos contaba el muy leído Santi que allá por 1935, el filósofo Edmund Husserl tuvo un éxito apabullante con una conferencia en Viena que dio pie al libro «Las crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental». Venía a decir —y puedo no ser muy preciso aquí— que la gran diferencia entre la cultura occidental, europea, frente a otras era su búsqueda de «tareas infinitas». Se refería a la ética y a la ciencia. De la búsqueda crítica de la gran verdad, de forma universal. Y que sería un problema para nuestra civilización si nos volvíamos demasiado «positivistas». Más de números que del «mundo de la vida».

Me pregunté qué carajo de profundidad podría tener un europeo de principios del siglo XX sobre las corrientes filosóficas del resto —de todo el resto— de las culturas humanas, lejanas e insondables. E imaginé parte de los motivos por los que un discurso tan autorreafirmante pudo calar en la Centroeuropa de entreguerras*. Pero qué sabía yo.

Seguimos hablando y el ingeniero que tengo implantado en el cerebro me recordó al viejo Deming. Porque la noción más cercana al infinito con la que convivimos son los ciclos. El día y la noche, las estaciones, el agua, Krebs, anabolismo y catabolismo… todo aquello que se transforma para dejar de ser, para volver a ser. La periodicidad.

El Ciclo de Deming es el que se aplica en aspectos de Calidad, rollo ISO 9000, para propiciar una «mejora continua». Un ciclo PDCA (Plan-Do-Check-Act, algo así como Planificar-Hacer-Verificar-Actuar) con el que se pretende que las organizaciones reaprendan de sus propios procesos para llevarlos a cabo cada vez mejor. De forma más eficiente y con menor propensión a errores. En cierto modo, llevó el concepto de las «tareas infinitas» al «positivismo» de los números.

Imagino que Husserl se espantaría con esta conexión tan loca. Mientras que Deming, al que tengo por un tío con bastante sentido del humor, probablemente se echaría unas risas.

Pero también hay un nivel intermedio entre la alta búsqueda de la Verdad y el pragmatismo extremo de la calidad del proceso. ¿Qué pasa con la organización social, con las instituciones y políticas?

Me temo que la manera de practicar la democracia que veníamos teniendo en las últimas décadas en Occidente —aunque cada vez tengo menos claro a dónde vamos— ha premiado poco a los obreros de las tareas infinitas. El discurso político y periodístico, la ideología en definitiva, no se lleva nada bien con búsquedas de la verdad o la eficiencia, sino que bebe más de narrativas y emociones. Identifica los «quiénes» del bien y el mal, mucho más de lo que analiza sus razones, emociones o, simplemente, sistemas de incentivos. Propone soluciones esencialmente sencillas, universales y, a menudo, erróneas. Fomenta la pertenencia al grupo y el voto, a poder ser, cautivado o, si no, meramente cautivo.

Hay voces bien acreditadas que defiende que la ideología ni siquiera va de ideas. Sino, esencialmente, responde a una cuestión identitaria: ¿a qué grupo social queremos pertenecer?

Partiendo de ahí, está claro que -como dice muy acertadamente José Luis Ferreira- «la ideología no es un método de análisis». Ni lo podrá ser nunca. Pero se presta a ello con ciega autoconfianza. Proponiendo soluciones cada vez más osadas.

Porque el análisis crítico y virtuoso está fenomenal. Siempre que nos dé la razón y no nos condene al ostracismo, claro.

Existe, eso sí, la disciplina de la Evaluación de las Políticas Públicas. Y en eso andamos. Pero como todas las búsquedas de verdad, como todas las tareas infinitas, requiere la identificación y reconocimiento de errores o, al menos, puntos de mejora. Una comunicación sincera, clara y efectiva. Pedagogía. Y tener muy claro de inicio que a casi nadie le importará un carajo el resultado.

Porque ¿quién se come eso?

Por mucho que sea un plato saludable y nutritivo, hay que cocinarlo con esmero en cada casa. Mientras proliferan los puestos ambulantes de bollería industrial casi regalada. El precio se paga de otra forma, por supuesto. En cada uno de esos ciclos metabólicos con los que vamos degradando el organismo social.

Aunque, por ahora, tengamos el derecho a elegir un poco.

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* En realidad, parece ser, era un intento desesperado de reconducir al monstruo. Pero no le debió salir muy bien la jugada, traicionado por su propio pupilo. Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

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