La tormenta de verano ha dejado la tarde fresca. El bebé, en su extremo cansancio, no sabe ya cómo volver desde su llanto hasta el sueño. Los trucos cotidianos -las cadencias de voz, paso y melodía- no funcionan hoy.
Abres la puerta.
El rellano es también conexión entre dos moles de ladrillo, delimitando un espacio que encajona el mar, casi en vertical.
La luz, del otro lado, dora la humedad de cada superficie.

El cuerpecito, que cabe completo entre tus brazos, se agita. No ha dejado aún de llorar. Pero el cambio de escenario ha operado en él curiosidad.
Al asomaros al hueco el vuelo de una golondrina nos atrapa. Esquivando paredes, traza curvas cerradas, veloces, precisas. Cambia de sentido ante nuestros ojos. Una y otra vez. Sientes que, estirando el brazo, casi podrías tocarla.
Siete, diez, veinte vueltas al bucle. Sin salir nunca de nuestro pajarario alicatado de mar.
El pequeño la sigue y la sigue y la sigue con su mirada de estrenar mundos.
Entonces se hace la belleza.
Dos aves más, como para buscarla, entran en el ciclo de giros y misterios. ¿Por qué en este espacio tan ajustado y yermo? ¿Por qué en esta jaula abierta, teniendo la inmensidad dispuesta, para ellas, ahí delante?
Por algún motivo, de pronto, termina el juego y ya dos se vuelven con la bandada. Solo queda una. Tal vez la primera, que por tres veces más os interpela. Siempre a vuestra altura, cada vez. Siempre atentos los ojillos del mamífero.
Hasta que, por fin, os deja solos.
En minutos, tendrás dormido al niño.